Macedonio de la Torre, 1893

Entrevista en Pintura Contemporánea Peruana

Se ha popularizado como Macedonio a secas, sin necesidad del “de la Torre” que evoca su prosapia trujillana, ciudad donde nació en 1893 y, cronológicamente, como pintor en actividad, resulta el decano de la pintura nacional. Expone desde 1917 con sostenido éxito que sólo parangona su capacidad de renovación y su inquietud, desafiante y vencedora del tiempo y el destino. Macedonio sólo tiene una desventaja: haber nacido “antes” pues vino al mundo en un Perú alejado del arte e indiferente a sus valores y así se ha impuesto ¡contra viento y marea! y aún contra su propio temperamento: inquieto, peregrino, ajeno a la autoadministración tanto como desdeñoso de lo que no sea su íntima inquietud creadora. Imaginémoslo nacido cuarenta años después sumergido en la marea de las renovaciones dinámicas, inventivo, sorprendente, voluble y locuaz, autodefiniéndose cada día; a caballo de una nueva inquietud. Como aún lo es ahora, pero más joven, con mas porvenir por delante. Pero aún así cada una de sus muestras nos trae sorpresas ¿Cómo se puede ser tan jovem a su edad? Pues Macedonio lo demuestra por sí mismo y responde: proponiéndoselo y teniendo la capacidad que él tiene.


Se formó artísticamente en Alemania, Bélgica, Francia e Italia. En París expuso en el Salón de Otoño en 1928 y en el de los Independientes en 1929. En Lima, en una de sus visitas entre estadías en Europa, en 1930. Fue el primero que trajo manifestaciones de vanguardismo “fauve” y “abstracto”, pues practicó el abstractismo como experiencia vivencial, mucho antes que este “ismo” se impusiera como moda de frivolidad decorativista internacional, en los heroicos tiempos de Kandinsky y Malevicht, cuando las búsquedas catárticas del abstractismo estaban en su período de pureza primigenia.


Aunque trata todos los géneros, su predilección es el paisaje, no por la fácil versión colorística del Ande, en la que todo rutila en violento cromatismo, sino por la delicada y grisácea visión costeña. Nadie ha captado las finuras tonales de las lejanías de brumas y arenales como Macedonio. Como tampoco hay intérprete de la selva que, no digamos supere ¡que lo iguale! Las selvas de Macedonio no son una determinada, ni transposiciones realistas de un lugar, son visiones de la esencia alucinante y febril de lo selvático, algo que sólo tiene parangón con las “prisiones” de Piranesi. Estas selvas son también prisiones pero no de barrotes, sino de enmarañadas pesadillas de exhuberancia vegetal. He aquí en sus arenales quietos y silentes de la costa y en esas multicolores arborescencias de la selva, las polaridades entre las que se mueve el inquieto espíritu creador de Macedonio el eternamente joven.




Lima, noviembre de 1976